lunes, 19 de abril de 2010



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SIDA, INCOMPRENSIÓN Y RECHAZO.
 
 

 
Esta no es una historia que usted quisiera leer, es una historia triste, una historia que sucedió en un país latinoamericano, pero que puede pasar en cualquier lugar del mundo. Desafortunadamente, casos similares a éste, son más frecuentes de lo que nos imaginamos.
 
Por lógica razón, los médicos internos que prestan sus servicios en un hospital, están expuestos a cometer errores debido a su inexperiencia.
 
Un médico experimentado cuenta que durante el período de aprendizaje son frecuentes las sondas mal puestas, inyecciones que entran hasta el tercer o cuarto pinchazo y muchos procedimientos más que se aprenden a base de errores, errores que algunas veces suelen ser fatales.
 
A una colega del médico que hacía su práctica en Medicina Interna, le pidieron durante su primera semana que hiciera una gasometría arterial a un paciente que se encontraba aparentemente desahuciado. La médica, obedeciendo las órdenes, se dirigió a la cama del enfermo, desinfectó la jeringa, limpió el área y le dio el primer pinchazo. Por fortuna, logró sacar sangre, pero el paciente se movió y ella, accidentalmente, se pinchó con la misma aguja, como si esto no fuera suficiente, el émbolo de la jeringa se accionó inoculándole a sí misma un poco de sangre del enfermo.
 
Ella dio aviso a los médicos de turno acerca del accidente ocurrido, pero en lugar de que le prestaran atención inmediata al hecho por la posibilidad de que hubiera contraído alguna enfermedad, fue ignorada en primera instancia.
 
Días después, cuando llegaron unos análisis de dicho paciente, se enteraron de que éste era portador de VIH (virus de inmunodeficiencia humana), es decir, que tenía SIDA.
 
Angustiada, la joven médica que había sido pinchada e inoculada accidentalmente con sangre infectada, se hizo hacer los análisis correspondientes y fue con el infectólogo quien empezó a suministrarle retrovirales como "medida preventiva" y, enterados de la situación, los médicos de planta decidieron hacerla cambiar de servicio y fue enviada a trabajar con un médico más experimentado a fin de que rotara por Medicina Familiar, que es un servicio de menor riesgo.
 
Cuando se incorporó al equipo, estaba muy atormentada y pasaba días sin poder conciliar el sueño, sólo pensaba en la posibilidad de que hubiera contraído la infección aquel fatídico día en el que accidentalmente se pinchó. Por otra parte, como estaba tomando retrovirales que son medicamentos muy fuertes, perdió el apetito y dejó de consumir alimentos sólidos y vomitaba constantemente.
 
Su existencia se convirtió en un verdadero infierno y vivía  a toda hora atormentada con la idea de que podía haberse infectado. Sus compañeros hacían todo lo posible por animarla, por ser positivos, intentando hacerle la vida más llevadera. Pero todo era inútil.
 
Cuando llegaron sus análisis, los resultados fueron negativos, lo cual fue un alivio, pero ella debía seguir sometiéndose a un análisis mensual durante los siguientes meses para estar completamente segura de que no se había contagiado con el mortal virus.
 
Lentamente pasaron los días, las semanas y los meses y ella se fue adaptando al grupo, olvidándose que aún existía una remota posibilidad de que hubiera adquirido el VIH. No le cabía en la cabeza que por un descuido hubiera sido contagiada por la fatal enfermedad.
 
Ocho meses después de aquel pinchazo, ella continuaba haciéndose practicar sus análisis de control y todos salieron negativos. Sin embargo, al noveno mes se hizo sus análisis rutinarios, el infectólogo la fue a buscar personalmente para hablar con ella, esta vez algo no andaba bien, la última prueba salió ¡VIH POSITIVO!
 
La joven médica había adquirido la infección nueve meses atrás y era portadora del mortal virus. Las pruebas anteriores habían salido negativas porque se encontraba en un lapso que denominan como "período de ventana", pero lo cierto es que ella ahora se unía a los más de cuarenta millones de personas que tienen VIH en el mundo.
 
Ninguno de sus compañeros podía dar crédito a la terrible noticia, ¿cómo era posible que esta linda chica pudiera estar infectada con el letal mal? Al verla, nadie podría imaginar que ella, una joven siempre alegre, con una linda sonrisa, sencilla y servicial, tuviera SIDA.
 
Aquella muchacha llena de lindos atributos, se convirtió en una joven insegura, retraída, melancólica, frágil y con pensamientos suicidas.
 
Sus compañeros le ofrecían todo el afecto, hablaban con ella, trataban de animarla, la abrazaban, querían que sintiera su apoyo incondicional, pero nada aliviaba el gran dolor que desgarraba su corazón.
 
La noticia, como era de esperarse, se regó como pólvora en el hospital y ahí fue cuando empezó su interminable vía crucis. Comenzó a pasar por todos los niveles de cruel discriminación, como si no fuera suficiente con el doloroso camino que la conduciría a un pavoroso final.
 
Casi todo el personal la marginaba, las enfermeras la  eludían sin piedad, cuando se encontraban en un cuarto y ella entraba, salían inmediatamente mirándola con profundo desdén como si se tratara de la peor delincuente. Pensaban que al respirar el mismo aire los contagiaba. Pero no todo el personal era ignorante e indolente, había un pequeño grupo de médicos que  trataban de consolarla y la abrazaban, mientras ella humedecía con sus lágrimas, sus blancas batas.
 
No hay razón que justifique un rechazo tan cruel y despiadado hacia una persona, máxime cuando la fatalidad se ha ensañado contra ella.  
 
Está comprobado que el VIH no puede ser transmitido de una persona a otra  por saludarla de mano, ni por sentarse a comer con  ella, ni por abrazarla, ni por respirar el mismo aire, ni siquiera por besarla. Sin embargo, muchos ignorantes piensan que el SIDA está reservado exclusivamente para los homosexuales y los drogadictos, ¡falso! Las personas contaminadas por el VIH, pueden ser profesionales, analfabetas, hombres, mujeres, amas de casa, ancianos, jóvenes, bebés, ricos y pobres. Por lo tanto, todo aquel que esté infectado con el fatal virus, merece ser tratado con amor, respeto y sin discriminación.
 
No es justo que a esta joven que por circunstancias absurdas del destino fue contaminada con el VIH, fuera tratada como una peste. Don Ramón de Campoamor dijo una vez: "Si quieres llegar al cielo, tienes que subir bajando, hasta llegar al que sufre, y darle al pobre la mano".
 
El dinero viene y va, algunas veces la familia y los amigos también. En realidad, la riqueza más grande que puede tener el ser humano, es el amor y la solidaridad para con los que sufren y nos necesitan.
 
Debemos concientizarnos, educándonos. Es inhumano e injusto discriminar a quienes padecen y no voltear el rostro ignorando el dolor de los que sufren, pensando que con sus miradas nos contaminan, sin percatarnos de que quizás, ya tenemos contaminada el alma.
 
José M. Burgos S.
 

 

1 comentario:

  1. ES TRISTE RECHASAR ESAS PERSONA,YO PRESENCIE LA MUERTE DE UNO QUE TENIA ESA ENFERMEDAD Y ES DESBASTADOR.
    ROBERTO.

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